FOKKER DVII

Los primeros vuelos oficiales del Fokker desnudaron un problema de refrigeración que se solucionó, reubicando el radiador más cerca de la tapa del motor. De esta manera aumentó el flujo de aire a través de la rejilla del radiador y se eliminó el problema.

El 11 de noviembre de 1918, día de la firma del armisticio, se determinó que hasta entonces, algo más de 700 unidades de DVII habían sido entregadas.

El constructor A. Fokker llegó a algunos acuerdos, pudiendo conservar unas pocas unidades DVII, además de piezas y secciones de fuselaje. Meses más tarde instaló una nueva fábrica en los países bajos y siguió fabricándolos.

A pesar de la restricción, algunos ejemplares del modelo D.VII fueron reensamblados sirviendo posteriormente a las Fuerzas Aéreas de muchas naciones, entre las que se destacaban: Suiza, Países Bajos, Dinamarca, Suecia, e incluso los Estados Unidos.

El Fokker ganó el concurso de diseñadores, sin que el prototipo definitivo hubiese sido probado a cabalidad. Personajes como Manfred von Richthofen mejor conocido como “Barón Rojo” fueron los encargados de volar los prototipos y determinar las posibles fallas.

Hay rumores que indican que Anthony Fokker, superado por el pedido del nuevo modelo D.VII, buscó acercarse a la Albatros Flugzeugwerke para tratar de negociar una producción conjunta.

Una reglamentación especial fue hecha para determinar que pasaría con las unidades que sobrevivieran a la guerra. Los tratados de paz los incluían en sus informes con especial atención ya que era tal su potencial de caza, que todas las unidades retenidas deberían quedar confiscadas en manos del bloque aliado. De esta forma los zeppelines y los D.VII fueron los únicos elementos de la aviación militar alemana que fueron confiscados.

Algunos de los Fokker DVII se mantuvieron activos hasta 1930 y fueron utilizados como  aviones de entrenamiento, publicitarios o en películas.