HUMANIDAD

La increíble historia del médico de Hitler

Antes de conocer a Adolf Hitler, el médico Theodor Gilbert Morell ya era su ferviente admirador. Formado profesionalmente en Múnich y Grenoble, había participado como médico en la Primera Guerra Mundial y logró acercarse a las altas esferas de la sociedad alemana mediante su casamiento con la actriz y cantante de ópera Johanna Moller, mujer de familia rica. Una mañana de 1936, fue llamado de urgencia para socorrer a Hitler, que se encontraba tendido en la cama, gimiendo por los dolores y con la piel azulada. 

Quizá, cualquier otro médico hubiese recomendado gotas o pastillas, pero Morell prefirió aplicar una inyección que rápidamente hizo efecto y Hitler mejoró notablemente. A partir de entonces, la unión entre ambos quedó sellada para siempre con una decisión rápida: Hitler lo ungió como su médico personal, incluso cuando algunos generales lo habían advertido sobre su charlatanería. Desde ese día, Morell inyectó a Hitler, sistemáticamente, cada mañana, una presunta mezcla de vitaminas, minerales, enzimas, testosterona, proteínas y lípidos.

Theodor Morell y Hitler

Sin embargo, entre los ingredientes de la mágica inyección, se encontraba la base de cualquier aparente mejoría: la cocaína. Con el correr de los años, generales y coroneles nazis comenzaron a cuestionar la metodología del médico, incluyendo el suministro de anfetaminas a los soldados, hasta el extremo de querer asesinarlo; en cinco ocasiones lo intentaron y de todas ellas Morell salió ileso. Eran muchos los jerarcas que comenzaron a sospechar de sus inyecciones mágicas y a vincularlas con algunos de los más trágicos errores de Hitler.

Theodor Equipo Hitler

Entre otras decisiones erradas, pueden señalarse el abandono de la batalla de Inglaterra, cuando todavía era posible ganar; el desvío de tropas para asistir a soldados en peligro; combatir simultáneamente en dos frentes, el occidental y el oriental; o el que más resonó entre los altos mandos nazis: la orden de Hitler, por pedido de Morell, de jamás, bajo ninguna circunstancia, despertar al Führer de su siesta sagrada. Así fue como, durante el Día D, las tropas nazis quedaron inmovilizadas por no contar con la aprobación de Hitler, que dormía la siesta.

Theodor Morell

Cuando el Ejército Rojo avanzaba sobre Berlín, despedazada por las bombas, Hitler seguía bajo los efectos de las inyecciones de Morell, soñando incluso en tales circunstancias con la victoria nazi, mientras padecía un Parkinson indisimulable por su mano izquierda. Sin embargo, en la derrota de Hitler tuvo Morell su gran triunfo: era millonario gracias a la venta de medicamentes y la cadena de farmacias que creó durante su trayectoria junto a Hitler. Cuando el final se acercaba, el médico solicitó permiso para huir, lo que le fue otorgado el 22 de abril de 1945. Huyó en avión y, aunque fue detenido en Estados Unidos, jamás fue culpado por algún crimen. Falleció a los 61 años por apoplejía.


Fuente: infobae.com

Imágenes: Wikimedia Commons / U.S. National Archives and Records Administration